El largo camino hacia la inclusión de género femenino en investigación

Susana P. Gaytán

Ilustración de Carmen Sánchez Leal.

Llega el 8 de marzo, y, como cada año, los medios de comunicación, las instituciones y la ciudadanía, en su conjunto, se afanan (sin duda con la mejores intenciones) en analizar los progresos sociales en materia de género. Sin embargo, y a pesar de que esta lucha por la equiparación de mujeres y hombres no es nueva (desde, por ejemplo, los lejanos tiempos de Hipatia de Alejandría o la Francia revolucionaria de Olympe de Gouges, se han reivindicado los derechos de las mujeres), no paran de producirse evidencias de lo lejos que está aún, el momento en que se imponga esa “impactante” idea de que, hombres y mujeres, son PERSONAS.

Sea como fuere, no deja de ser irónico que haya que llamar la atención sobre la situación del 51% de los miembros de la Humanidad y, sin embargo, así es. Concretamente, es una demanda oficial desde 1975 (año en que, la Organización de las Naciones Unidas, institucionalizó el Día Internacional de la Mujer).  A la sociedad mundial le debería avergonzar que, a punto de emprender la segunda década del siglo XXI, aún sea preciso reivindicar que falta la opinión de la mitad de la población en su gestión y gobernanza. Pero los datos son obstinados: No se parte de una situación de igualdad ni en derechos civiles, ni en salarios o capacidad de promoción en trabajos iguales, ni en nivel de representación en los foros de decisión (incluidos, obviamente, todos los centros de desarrollo científico).

Aun así, parece que el 2018 significó un cambio en las conciencias colectivas. A escala planetaria se produjo un punto de inflexión (en gran medida gracias al nacimiento de movimientos como el  #metoo contra el acoso sexual). Para el 2019, en línea con todo esto, desde la propia ONU, se ha tratado de profundizar en este fenómeno instando a un movimiento mundial sin precedentes bajo el lema “Pensemos en igualdad, construyamos con inteligencia, innovemos para el cambio”. Se persigue con ello hacer llegar a la opinión pública que, en una sociedad avanzada, el conocimiento y la innovación son el motor del progreso. Y este progreso será con las mujeres o, simplemente, no será.  Se diría que se había alcanzado un consenso generalizado en que, en un mundo justo, hombres y mujeres deberían tener derecho a forjarse un futuro en igualdad, a una promoción de su salud idéntica y a una vida familiar construida desde la colaboración y la afectividad.

Pero esto es solo teoría, lamentablemente en la práctica nada es así. Y no se trata de una afirmación hecha a la ligera: la desigualdad se mide en cifras que son recogidas por numerosos indicadores que van, desde la sangría de cerebros que describe de la “gráfica en tijera” (mostrando las diferencias en las evoluciones de las carreras científicas de hombres y mujeres) hasta  la evidencia del llamado “techo de cristal” que frena el  ascenso laboral de las mujeres (y que más parece de hormigón, por lo infranqueable que resulta para el talento femenino).

Como no podía ser de otro modo, las gentes que hacen ciencia y la ciencia misma, no son ajenas a la situación general descrita y, por tanto, enfrentan los mismos problemas detectados en la sociedad.  Por ello no sorprende, que la presencia de mujeres en investigación sea menor que la de los hombres, ni que ello sea consecuencia de una tradición discriminatoria. Pero no es menos cierto, que la inteligencia perdida (concretamente la femenina) no solo no se recupera con facilidad, sino que, probablemente, se pierda para siempre lastrando el progreso y la innovación creadora y científica en su globalidad. Urge, por tanto, encontrar las causas de la persistencia de esta resistencia a la integración de la mujer en el mundo científico. Y, de hecho, el origen de esta perpetuación de la desigualdad, habrá que buscarlo en la presencia de sesgos de género.

Estos sesgos producen una distorsión de la interpretación de la información pero, pese a que se pueden intuir, son muy difíciles de demostrar. Sin embargo, su presencia se hace evidente para cualquier problema de estudio, si se revisa con la perspectiva adecuada. Por ejemplo, si se considera algo tan obvio como que en el reino animal hay machos y hembras…Y se comprueba que para la ciencia no siempre es así. Tal vez resulte sorprendente pero es un hecho: hasta hace bien poco, los diseños experimentales se hacían solo con machos (en teoría, para homogenizar los grupos de resultados). La cronología de los acontecimientos es esta: Por vez primera en todo el mundo en 1993, un centro de investigación, el Instituto Nacional de la Salud (NIH), de Estados Unidos requirió la inclusión de las mujeres en la investigación clínica financiada por él. Ya sería grave que haga sólo unas décadas que se reúne datos segregados por sexos, pero la realidad es aún es más lacerante pues, lo cierto es que ya se disponían de diversas evidencias que empezaban a indicar el posible impacto del género en resultados clínicos. Así, por citar algún ejemplo, las estadísticas muestran desde hace mucho tiempo, que las enfermedades cardiovasculares, son la primera causa de mortalidad en el sexo femenino (por delante de otras enfermedades más asociadas a la mujer, como podrían ser el cáncer de mama o la osteoporosis). Pero lo interesante es que la evolución de estas patologías, solía ser más grave en las mujeres que en los hombres y la causa (ahora lo sabemos) estaba en una identificación más tardía. Y es que, la sintomatología femenina, es distinta a la masculina, que describían la mayor parte de los protocolos de urgencias (en la mujer es mucho más común la fatiga inusual, dificultad respiratoria, sudor frío o dolor de estómago) Pues bien, a pesar numerosos indicios, como éste, de la necesidad de un cambio en el paradigma de la investigación médica en su conjunto, no será hasta 2011 que el dato de la representación por género se consignará dentro de los requisitos y recomendaciones del NIH. Solo entonces se redefinió el método de evaluación de los proyectos, exigiendo la inclusión y segregación de los datos por sexo para clínica. Pero los estudios sobre patologías se construyen sobre innumerables trabajos previos en otros animales que constituyen el cuerpo experimental de datos pre-clínicos. Sin embargo, todavía habrá que esperar al 2013 para que, el propio NIH se convierta en pionero en la corrección de la secular omisión de todas las hembras, al vincular su inclusión a la obtención de financiación.  Y aún un poco después, desde la Unión Europea solo se ha empezado a ser sensible a esta inexcusable falta de rigor, a partir de la emisión de una serie de directivas, enmarcadas en los objetivos del Programa Marco del Horizonte 2020. Estos son los antecedentes y muestran que en ciencia hacer la pregunta adecuada es fundamental porque, si no es así, se pueden recibir respuestas equivocadas o incompletas (o ambas cosas) y, como en el caso del infarto, estas informaciones erróneas pueden costar vidas.  El entorno también afecta a los esquemas del trabajo científico, y por ello ha sufrido el proceso (quizás involuntario pero no inocente) de hacer invisibles a las mujeres. Este hecho, ha puesto en peligro tanto el bienestar como la integridad física de las mujeres, como han mostrado números datos, de la propia Organización Mundial de la Salud que indican que, aunque las mujeres viven más años que los hombres, lo hacen con peor salud percibida y con más trastornos crónicos.

Este relato se merece una pequeña reflexión sobre las implicaciones de que sea tan reciente la legislación al respecto de la inclusión de la segregación por género de los resultados. Se ha de asumir que, hasta hace bien poco, diseños experimentales y protocolos, se definían, solo, con y para machos y, por tanto, las peculiaridades del sexo femenino, eran tratadas, casi, como “artefactos” en los resultados obtenidos. Lo femenino no existe, o es una especie de “anomalía” que se ha omitida sistemáticamente. Como consecuencia, se puede afirmar que se tiene un peor conocimiento de la fisiología de las hembras. Y queda mucho que hacer, como un muestra una reciente revisión de artículos referenciados en el conocido motor de búsqueda, de libre acceso, Pubmed. En él, menos del 50% de los trabajos cumplían los requisitos propuestos para la representación equitativa de la fisiología de machos y hembras. Es más, cuando lo estudios se centraron en la especie humana, solo alrededor de un 34% de los artículos publicados incluían a ambos géneros y, cuando sólo incluían a sujetos de un sexo, el 80 % se refería exclusivamente a hombres.

En definitiva, de todo esto se deduce que, si se hubiese asumido que la salud de hombres y mujeres era igual de valiosa, se deberían haber recogido los datos referidos a sujetos de su sexo. Así mismo, se tendría que haber considerado que, al ignorar a la mitad de los individuos, se estaba construyendo un conocimiento imperfecto, con unos resultados incompletos que han comprometido la evolución y el progreso científicos. Y, si en algo tan obvio como los protocolos de investigación sigue siendo preciso abordar la cuestión de sexo y género; si aún hay que exigir la inclusión de las mujeres en todos los diseños experimentales que se emplean en la investigación biomédica, qué se puede decir de nuestra situación real como sociedad que no sea que, desde luego, ni es inclusiva ni es paritaria.

Solo hay una conclusión posible a todo lo dicho: cuando alguien se pregunte de si es necesario, todavía, un día especial para recordar que, un poco más de la mitad de la población mundial son mujeres, la respuesta (tan indignada como obvia) ha de ser SÍ.

Porque nos faltan datos sobre ellas ya que no se buscaron.

Porque nos falta su visión ya que se ocultó.

Porque nos faltan las mujeres PORQUE SE LAS APARTÓ. Es una cuestión de rigor científico, por supuesto, pero con evidentes consecuencias en la vida de todos y todas.  Que no se frivolice con la fecha: EL 8 DE MARZO NO SE CELEBRA. SE REIVINDICA defendiendo la dignidad de las personas y luchando contra las desigualdades.


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