El poder del dinero en Ciencia.

Las Agencias de financiación tienen la responsabilidad de implementar políticas científicas concretas.

Fuente: Pixabay

El pasado día 16 de octubre el equipo de Ciencia con Futuro (CCF) en Madrid fuimos amablemente invitados por la Confederación de Organizaciones y Sociedades Científicas de España (COSCE) a participar en una jornada de debate acerca del papel de las Agencias Nacionales de Investigación en el siglo XXI. Desde aquí queremos agradecer a la COSCE que financie este tipo de debates que creemos muy necesarios aunque, como se comentó en la reunión, la fecha y horario escogido limitaron la asistencia, muy restringida a profesionales de ciencia con horario y calendario flexible  (fundamentalmente altos cargos). Creemos que la ausencia de los que no tienen esa flexibilidad y que incluye actores clave del sistema español de ciencia e innovación (jóvenes investigadores, técnicos, gestores medios) desvirtuó y sesgó del debate. Si nuestros compañeros de la COSCE nos permiten un consejo: hay que emplear más la opción de retransmitir en streaming porque es un desaprovechamiento de recursos que una jornada de gran interés como ésta quedase restringida a los pocos asistentes de ese día.

Los representantes de Ciencia Con Futuro sólo pudimos asistir a las dos mesas redondas de la tarde. La primera fue moderada por el Dr. Andreu Mas-Colell y centrada en los aspectos internos y financieros de las agencias. La segunda tenía por ambicioso título “Política Científica en el siglo XXI” y fue moderada por el Dr. Pere Puigdomènech. El debate, siempre apretado en el tiempo, fue fructífero y muy animado. Incluso se prolongó de manera espontánea en los pasillos a la salida del acto.

Aún con un buen ambiente y la mejor intención, creemos que la jornada fué un tanto descafeinada, quedándose en un planteamiento muy superficial, y las conclusiones (soluciones) finales agridulces. En primer lugar, observamos poca ambición en los ponentes acerca de su propio poder o capacidad de hacer evolucionar el sistema español de ciencia e innovación. Segundo, nos llamó la atención que el concepto de “excelencia investigadora”, un término usado hasta la saciedad pero raramente definido, era empleado como un mantra o dogma que absorbía todo lo demás, pretendiendo contraponer la excelencia con cualquier otro elemento de valoración o de acción, que se tachaba de “ideológico” o “político”. También se evidenció un uso indistinto de los conceptos calidad y excelencia, como si significaran lo mismo, en un afán de justificar una política de concentración de recursos bajo el paraguas de un criterio supuestamente aséptico e independiente.

El turno de preguntas del público fue la habitual batería de quejas lícitas y comprensibles contra la falta de recursos, la endogamia, la explotación, etc. Como siempre que se deja expresar la frustración, hubo particular vehemencia y los ponentes pudieron agarrarse al discurso del pensamiento positivo (“no hay que centrarse solo en lo que falla”) y en la falacia del progreso (“estas cosas ya las decíamos nosotros hace 40 años y se ha mejorado mucho”). En Ciencia con Futuro hemos oído muy frecuentemente estos dos contra-argumentos. Y creemos que es necesario analizarlos con cuidado. Nunca ha sido nuestra línea de acción negar que hay muchas cosas que funcionan adecuadamente en la Ciencia española. Tampoco lo ha sido cerrarnos a la idea proteccionista de progreso general y continuado del sistema de I+D+i desde la llegada de la democracia. Pero, ¿se ha dado realmente un progreso científico en nuestro país en comparación con las sociedades de nuestro entorno? Las cifras disponibles desmontan una idea ampliamente publicitada. Al situar nuestra producción científica en un contexto internacional, los datos disponibles en la web de SCImago revelan de manera clara e inequívoca que nuestro sistema lleva más de 20 años estancado. Y, ante la falta de datos consolidados desde 1978, es posible aventurar que, en realidad, nuestro país no ha avanzado significativamente en competitividad científica comparada desde la democracia. Nuestra ciencia mejora en los momentos de expansión económica, pero sin recortar grandes distancias con nuestros vecinos y competidores (que también mejoran en ese periodo). Cuando el ciclo económico cae, nuestra ciencia se hunde mientras que los demás países consiguen mantener sus capacidades. La brecha, por tanto, se ha mantenido y consolidado en los últimos 20 años. Todo se mueve, pero seguimos en la misma posición relativa.

En esta línea y basándonos en los datos objetivos, en Ciencia con Futuro siempre hemos defendido que el sistema español está infrafinanciado, pero que el dinero no es lo único que hace falta para construir una sociedad y una economía basada en el conocimiento y la innovación. La cultura interna de nuestros organismos de investigación es endogámica, cortoplacista y explotadora. Cambiar eso  requiere de ingentes esfuerzos, pero eso pasa primero por que se decida políticamente abordar el enorme problema estructural de nuestra I+D+i. Los ponentes, sin embargo, no transmitieron esa visión de aceptar que existe un  “problema”, y abordar con voluntad el reto del cambio. Sino que en ese entorno emergió el mantra de la excelencia, ejemplificado en el European Research Council (ERC), como respuesta a todas las taras de la ciencia española. Sin cambiar la estructura, la solución propugnada por los ponentes pasa solo por un apoyo  férreo, incondicional y exclusivo a aquellos investigadores considerados “excelentes”. Sin embargo, la defensa de esa posición, ignora no sólo que el sistema español de ciencia e innovación cuenta con múltiples agentes (de los que los científicos excelentes son la punta del iceberg) sino también que el dinero público en Ciencia no puede simplemente darse a ciegas a unos pocos  investigadores “excelentes” y sentarse a esperar.

En el marco Horizon 2020, los programas de “Ciencia Excelente”, ERC incluído, solo suponen una pequeña parte (aproximadamente el 30%) de toda la financiación. Y aunque en todas las evaluaciones la calidad científica es el punto más valorado, todos los proyectos deben mostrar igual seriedad en sus planes de implementación y difusión que demuestren su impacto social. Por cierto, en el nuevo programa marco, Horizon Europe, la Comisión Europea ha propuesto abandonar el denominador de “Ciencia Excelente” para el primer “Pilar” del futuro programa marco Horizon Europe y apostar por el de “Ciencia en Abierto” (Open Science). La Comisión quiere que el énfasis del primer “Pilar” sea ahora no solo en la calidad de la producción sino en la disponibilidad e inter-usabilidad de los datos que se produzcan (datos brutos, no solo resultados procesados en forma de paper o patentes), aunque este cambio se está topando con cierta oposición en el proceso de negociación. A nivel nacional la situación es parecida. La mayor parte de los programas tienen algún tipo de orientación o interés en áreas o temas estratégicos marcada por el legítimo poder político. Lo cual no tiene por qué ser pernicioso en sí mismo, sino que puede favorecer el desarrollo de “unas pocas” investigaciones claves para el progreso social y económico (sostenibilidad, salud, big data, igualdad y conciliación, materiales, etc.).

Distribución de los fondos dentro del marco Horizon 2020. Fuente: Comisión Europea, 2018

Desde Ciencia con Futuro defendemos que la excelencia por sí misma no ha sido nunca ni debe ser el único elemento a tener en cuenta en la valoración de la actividad y la producción investigadora, ni influir de manera tan decisiva en el reparto de los recursos y las estrategias de inversión pública en I+D+i. Los programas de financiación de Ciencia completamente no orientados, y basados sólo en la curiosidad del proponente a través de una propuesta brillante, visionaria pero factible (lo que hoy se llama ciencia de “excelencia”), son también pilares fundamentales para el progreso y dependen igualmente  de una decisión política. Una vez dicho eso, hay que defender la calidad y la solvencia de todos los proyectos de investigación financiados con fondos públicos. Pero no puede llevarse la parte al todo y justificar el inmovilismo del sistema con la excusa de que la financiación ha de concentrarse exclusivamente en un grupo restringido de actores excelentes o en proyectos de ciencia excesivamente orientados. Si los programas orientados implementados hasta ahora en España son o no promotores de cambio e impulsores de innovación científica y tecnológica  es discusión para otro artículo. El dinero público en I+D+i proviene de la sociedad y ha de usarse para modelar un futuro de progreso. Y eso atañe no solo a decidir qué ni quién investiga sino también a la propia estructura del sistema encargado de velar por la generación y difusión de  ese conocimiento.

 

Nadie se rasga las vestiduras porque las agencias implementen programas para la financiación de investigación en biología del cáncer o de innovación en los transportes públicos. Pero es que existen multitud de ejemplos que ilustran la capacidad de la agencias de ir mucho más allá y determinar los estándares de cómo se debe hacer Ciencia. Nadie se escandaliza porque se incluyan provisiones para evitar la discriminación de la mujer en el sistema de ciencia y tecnología o se imponga un sistema de publicación abierto de los resultados. La Comisión Europea está decidida en acabar con el negocio de las revistas científicas con su Plan S, y para ello ha reclutado el apoyo de 11 agencias de financiación nacionales, recabando más bien aplausos generalizados. Aquí es importante recalcar que las autoridades españolas se han quedado fuera de dicho acuerdo, a pesar de la sangría de recursos que supone para el país el pago de suscripciones. En un nuevo salto cualitativo, en las últimas semanas hemos conocido que Cancer Research UK, una de las mayores agencias de financiación (privada) de la investigación biomédica se suma a la decisión que ya tomó otra (el Wellcome Trust) de retirar los fondos a aquellos investigadores que acosen a sus subordinados. ¿Por qué entonces se blande el dogma de que sólo ha de contar la “excelencia” si proponemos que la Agencia Española de Investigación (AEI) emplee sus recursos “también” para la mejora de la situación de los trabajadores del sector científico? La imposición de nuevos estándares en la forma de entender las relaciones laborales en el sector científico es una prioridad de la Unión Europea a través de sus políticas de Responsible Research and Innovation y su Human Resources Strategy For Researchers.  

 

Desde CCF nos preguntamos: ¿Es que acaso un organismo público no puede implementar entre sus prioridades la imposición de buenas prácticas de trabajo? No hay absolutamente nada en la legislación que impida a la AEI a introducir exigencias y mejoras en ese sentido. Las opciones son múltiples y las agencias tienen los medios para diseñarlos de una manera adecuada. Si quisiéramos poner unos ejemplos de “brocha gorda” para plantear el debate podríamos pensar en que la AEI podría beneficiar a aquellos proyectos e instituciones comprometidos en la mejora de las condiciones laborales mediante la contratación indefinida de investigadores o para penalizar la endogamia y la falta de movilidad entre OPIs. Esto debería ser una prioridad, evidentemente sin constituir una excusa para renunciar a la calidad y solvencia investigadora.

 

El poder del dinero en dirigir la evolución del sistema español de ciencia e innovación es enorme. Y no se está aprovechando. Los instrumentos de financiación actuales son claramente inadecuados. La tasa de gasto no ejecutado en Ciencia e Innovación alcanza ya el 70% y los nuevos presupuestos no parecen que vayan a suponer un revulsivo en el sentido de aprovechar esas cifras, a tenor de las medidas anunciadas hasta ahora. Es más, el gobierno incide en la figura de los préstamos, que se ha visto claramente en estos años que carecen de impacto significativo en el desarrollo del sistema de ciencia e innovación.

 

Otro ejemplo paradigmático de la falta de voluntad en la reforma del sistema español de ciencia e innovación es el del impulso a la ciencia y la innovación fuera del sector público. Los instrumentos para potenciar la I+D+i en las empresas españolas son francamente mejorables. Esto es algo que nos distingue fundamentalmente, para mal, de nuestros países socios y competidores. La necesidad de cambios en la innovación española es algo de lo que se lleva lustros hablando. Desde el Ministerio se debería actuar decididamente sabiendo que la Ciencia no es solo la Academia, sino que requiere de empleos y empresas innovadoras. Hay que reflexionar sobre el funcionamiento de las herramientas existentes hoy en día y actuar para su mejora. Favorecer la creación de empresas con base tecnológica y que desarrollen una labor de I+D+i no se hace sólo a través de las deducciones fiscales sino que requiere de medidas más profundas, como es un sistema de préstamos. Estas herramientas, que ya existen en otros países de Europa, deben dirigirse particularmente a las PYMES, que constituyen una gran parte del tejido empresarial español y que son las que tienen más dificultades para llevar a cabo actividades de I+D+i. De hecho, algunas empresas innovadoras españolas recurren a buscar financiación a Europa, a través de herramientas como el “Instrumento PYME, a falta de alternativas nacionales. El sistema basado en préstamos lo desarrolla actualmente el Centro para el Desarrollo Tecnológico e Industrial (CDTI, la otra gran agencia de financiación de la ciencia y la innovación española). Pero, hacen falta nuevas medidas inspirada en en iniciativas de la Unión Europea, o en modelos exitosos de colaboración público-privada anteriores, como los CENIT (finalizados en 2010).


En resumen, Ciencia con Futuro espera que los nuevos responsables de la Agencia Estatal de Investigación entiendan que su responsabilidad estriba no sólo en la financiación de proyectos de generación de conocimiento sino también en darle la vuelta a  un sistema de gestión basado en la endogamia, la explotación y la precariedad. Es imprescindible aumentar la inversión pública y privada, y gastar hasta el último euro de manera eficiente, pero también es imprescindible hacerlo de una manera no basada en indicadores de calidad/excelencia perversos y obsoletos, aplicando unos más amplios, diversos y justos tal como se empieza a definir en diversos foros científicos (la iniciativa DORA entre otros). Todo ello repercutirá a que se promueva un cambio innovador real y tangible en la sociedad española. La actualización en el tejido empresarial e industrial español es también fundamental para que se produzca dicho cambio y que se establezcan las sinergias necesarias. Son las agencias las que tienen capacidad para crear el ideario  y vehiculizar las normas que impulsen esa evolución. Solo falta la voluntad.

 

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