Mucho esfuerzo para poca recompensa

El pasado día 4 de noviembre de 2016, Nature publicó en su sección de noticias una encuesta sobre algunos de los desafíos a los que se enfrenta la ciencia. Dicha encuesta fue realizada entre los lectores de la revista, consiguiendo casi 13000 respuestas. Los resultados más llamativos fueron que casi dos tercios de los lectores habían considerado dejar la ciencia en algún momento y que un 40% de ellos trabajaban más de 60 horas a la semana. Además, para un 44% de las personas que respondieron, la lucha por la financiación es el desafío más importante.

En Ciencia Con Futuro nos hicimos eco de la encuesta de Nature, pero además pusimos en contacto con la revista para sondear la posibilidad de conocer los datos correspondientes a España. Desafortunadamente, desde Nature nos comunicaron que no tenían los datos desagregados por países. En consecuencia, en Ciencia Con Futuro decidimos lanzar nuestra propia encuesta, ya que consideramos que, dadas las circunstancias del sistema científico español, los datos referentes a nuestro país podrían ser más llamativos si cabe.

La encuesta se realizó empleando la aplicación de formularios de Google y se difundió a través de una entrada en el blog de Ciencia Con Futuro, así como de nuestras cuentas en Twitter, Facebook y Whatsapp, estando disponible online desde el 11 hasta el 30 de noviembre. Además de las preguntas que se publicaron en Nature, nosotros incluimos algunas más para poder extraer resultados más concluyentes:

1. Centro

2. Edad

3. Centro de trabajo

4. ¿Cuántas horas a la semana trabajas de media?

5. ¿Cuál crees que es el mayor desafío para los jóvenes científicos?

6. ¿Los desafíos de la investigación alguna vez han significado que hayas…?

7. ¿Te sientes desprotegido/a como trabajador/a por el sistema científico?

A la encuesta respondieron 1429 personas, de las que el 51,1% eran mujeres y el 48,9% eran hombres. De ellos, casi la mitad (48%) manifestaban trabajar en la universidad, un 45% en los OPIs (incluido el CSIC) y el resto (7%) en el sector privado. Puedes ver los resultados completos de la encuesta en este documento (pdf), pero aquí te mostramos los más relevantes:

1. Un 59% de los encuestados afirmó que el desafío más importante al que se enfrenta la Ciencia en España es la lucha por la búsqueda de financiación.

2. Entre los menores de 25 años, eran el 80% los que incluían este desafío.

3. 7 de cada 10 científicos encuestados han considerado en alguna ocasión abandonar la ciencia.

4. En la franja de edad entre 25 y 35 años, son 8 de cada 10 los científicos que han pensado en dejar su profesión alguna vez.

5. Un 74% de los encuestados afirmaba sentirse desprotegido por el sistema científico español siempre o casi siempre.

6. Esta cifra se elevaba al 84% entre las mujeres de 30 a 35 años.

En estas condiciones, no es de extrañar la desesperación que se extiende entre los investigadores españoles, muchos de los cuales han tenido que optar por emigrar para encontrar oportunidades más allá de nuestras fronteras, donde la lucha se centre en la consecución de objetivos y desafíos científicos y no en superar las barreras que el sistema coloca a cada paso.

A la luz de estos resultados, los responsables políticos deberían tomar cartas en el asunto con la mayor urgencia, aunque nos tememos que las consecuencias de años de desinterés y desprecio sean ya irreversibles.

Bomberos sin mangueras en pro de la competitividad

Como mucha gente, soy un gran aficionado a la serie de televisión The Big Bang Theory, hasta el punto de que desde hace años casi todas las noches veo un capítulo antes de acostarme. Ayer vi por cuarta o quinta vez el capítulo 15 de la cuarta temporada. En dicho capítulo, el Dr. Leonard Hofstadter, físico experimental, se prostituye literalmente con una anciana millonaria para conseguir fondos para Caltech (Instituto de Tecnología de California), la universidad donde trabaja. Aunque Leonard insiste en que no se acostó con la anciana por el dinero, en Caltech, el rector Siebert y sus compañeros lo aplauden y lo felicitan como a un héroe.

Es evidente que el mencionado capítulo es una exageración que parodia el sistema de financiación de la ciencia, pero que trasluce un problema a nivel global. No conozco casos en que científicos hayan vendido su cuerpo a cambio de financiación para sus proyectos, pero sí es muy habitual encontrar científicos que venden su intelecto a las empresas que los financian. Entonces surge el conflicto de intereses, que redunda en el descrédito de la ciencia.

Competitividad

Esta situación deriva de que el sistema de financiación de la ciencia se basa en los principios y valores de la competitividad. Es decir, se presupone que solamente deben recibir financiación aquellos grupos y proyectos de investigación que sean más competitivos. Y esto no se aplica solo a la financiación privada, sino también a la pública, donde la competición en muchas ocasiones es mucho más dura. Dicho de otro modo, los investigadores tenemos que convencer a las empresas y entidades privadas, pero también a los organismos públicos financiadores, no solo de que nuestras investigaciones pueden serles útiles, sino de que lo serán más que las del investigador de la competencia.

Sin embargo, si la ciencia tiene como objeto el desarrollo humano, la competitividad no solo no supone un incentivo, sino que lo ralentiza. ¿No es evidente que dos grupos de investigación avanzarán más rápido en desentrañar las complejas marañas del conocimiento si cooperan y colaboran que si compiten entre sí por la financiación? Pues para la mayor parte de los organismos públicos de financiación no lo es, ya que promueven la competitividad por encima de la cooperación.

Algo que la mayoría de las personas no sabe es que los organismos públicos de investigación españoles limitan su apoyo a las investigaciones que se llevan a cabo en sus centros a facilitar las instalaciones y proporcionar a los investigadores suministros básicos como luz y agua. Los institutos proveen muy poco más, aparte de una serie de equipamientos comunes que, generalmente, se ha adquirido también gracias al esfuerzo (“cofinanciación”) de los propios investigadores a través de convocatorias públicas a las que concurren. Por poner un ejemplo, en mi centro del CSIC se estima que el organismo solo proporciona el 2 % de todos los ingresos anuales. El resto se obtienen de financiación pública (UE, nacional o autonómica, 68 %) o privada (30 %).

Los centros, en muchas ocasiones, no proporcionan a los investigadores ni siquiera las batas y guantes para trabajar en el laboratorio, ni ordenadores o impresoras para trabajar en los despachos. Esos materiales, además de todos los demás que son necesarios para llevar a cabo los trabajos experimentales, deben ser adquiridos por los investigadores a través de fuentes privadas o públicas en concurrencia competitiva.

Se me ocurre un ejemplo para ilustrar el absurdo de la situación. ¿Qué pensaríamos si los bomberos tuvieran que competir entre ellos para conseguir ingresos para la adquisición de bombas, mangueras, cascos, escaleras, etc. y que solo se financiara a los “mejores” (sobre los criterios para elegir a los mejores hablamos otro día)? Tendríamos bomberos de primer nivel, bien equipados, y bomberos mal equipados, que tendrían que apagar fuegos con las manos. Siguiendo con el símil, se les proporcionaría agua, pero no mangueras, cubos o baldes para transportarla. ¿De verdad alguien puede creer que este sistema absurdo para los bomberos es válido para la ciencia? ¿No se avanzaría más rápido y mejor si todos los investigadores estuvieran bien equipados?

En ocasiones se ensalzan los valores de la competitividad con el argumento de que estimulan la iniciativa y la innovación, aunque no se suelen aportar pruebas científicas que sustenten las afirmaciones. En cambio, hay cada vez más científicos que dudamos de que el sistema de competición realmente permita el avance. Algunos sostienen que el “café para todos” puede ser más beneficioso para el avance científico que restringir la financiación para unos pocos. Otros han llegado a sugerir que, a partir de un nivel mínimo de calidad, y dado que la financiación disponible con fondos públicos es muy limitada, debería distribuirse de forma aleatoria entre todos los investigadores solicitantes.

Ante la escasa financiación pública, se argumenta también que los científicos debemos llamar a las puertas de las empresas y buscar financiación allí. El recurso a la financiación privada puede ser útil y necesario en ocasiones, pero en otras las consecuencias de sufragar nuestras investigaciones con fondos privados pueden generar conflictos de intereses de consecuencias catastróficas para la ciencia y la sociedad. Pero es más, al contrario que en otros países, en España el sector privado tiene muy poco interés en financiar investigaciones científicas. Aunque los motivos son objeto de debate y pueden ser muy diversos, incluso economistas ultraliberales como Juan Ramón Rallo, no pueden dejar de admitir que en este país, las empresas invierten muy poco en I+D+i. Según datos de CCOO, en términos de %PIB, la contribución de las empresas españolas a la I+D+i es negativa. O dicho de otra manera, de forma global, las empresas reciben financiación pública para fines que no son la I+D+i.

Gasto en I+D+i de las empresas españolas. Datos CCOO 2013.

Gasto en I+D+i de las empresas españolas. Datos CCOO 2013.

La cultura del esfuerzo

En este escenario, a los investigadores españoles se nos pide que seamos más competitivos, hasta el punto de que la I+D+i se encaja en un Ministerio de Competitividad, aunque para ello, como estamos viendo, no se nos proporcionen ni las herramientas más básicas. Y, a pesar de ello, con lo poco que tenemos, conseguimos resultados muy relevantes y somos capaces de despuntar a escala mundial en casi todas las áreas. En el año 2011, España era la décima potencia mundial en publicaciones científicas, aunque mantenía un gran déficit en patentes (fundamentalmente por el desinterés del sector privado).

El 'ranking' realizado por Digital Science / Scientific American

El ‘ranking’ realizado por Digital Science / Scientific American

Lamentablemente, la falta de financiación se está cebando con la ciencia española. En el año 2015 se produjo una reducción en el número total de artículos publicados en el sistema científico español y 2016 va camino de ser peor aún.

Evolución del número de publicaciones en el sistema español de I+D+i (2011-2016). Fuente: Scopus. Elaboración propia.

Evolución del número de publicaciones en el sistema español de I+D+i (2011-2016). Fuente: Scopus. Elaboración propia.

¿Significa eso que no nos estamos esforzando? No. Significa que cada vez somos menos científicos y las universidades y centros de investigación se están vaciando. Con menos recursos materiales y humanos para trabajar somos capaces de producir menos, como es de esperar.

¿Cuál es la solución que se nos propone ante la falta de financiación y de personal? La receta de siempre: que nos esforcemos más para ser más competitivos. Lo irónico es que muchas veces los mismos que proponen esas recetas no son precisamente los más competitivos. Recientemente tuvo lugar en mi centro una reunión de todo el personal científico para valorar la situación económica y las consecuencias que estaba teniendo en la falta de personal y en la producción de resultados científicos. En un momento de la reunión, jóvenes (en España eso significa casi 40 años de edad) compañeros con contratos Ramón y Cajal solicitaron que la dirección del centro exigiera al CSIC que se proporcionaran más plazas de científico titular (funcionarios públicos), que es prácticamente la única forma de estabilización posible. La respuesta fue que no había esa posibilidad porque es el CSIC el que decide el número de plazas que se asignan por centro. Otros compañeros senior sugirieron a los jóvenes que se esforzaran más, que trabajaran más duro y publicaran más, para ser más competitivos. Sin embargo, estos investigadores senior con grupos de investigación consolidados desde hace muchos años, no son más competitivos, ya que mantienen tasas anuales de productividad similares o inferiores a algunos de estos jóvenes. Por otra parte, se nos reclama constantemente esfuerzo cuando vemos que, a la hora de la verdad, los contactos y amiguismos son los determinantes para obtener una plaza estable en un sistema marcadamente endogámico.

Y es que la productividad no depende tanto del esfuerzo que hagamos los investigadores, sino de los recursos que se nos proporcionen para hacerlo. Soy consciente de que hay investigadores que han desistido y han dejado de ser competitivos. Muchas veces se les critica por ello, sin tener en cuenta su trayectoria y el esfuerzo realizado hasta el momento. Hace unas semanas la prestigiosa revista Nature, publicó en su sección de noticias los resultados de una encuesta sobre los desafíos de la ciencia. Uno de los datos más llamativos es que casi 2 de cada 3 científicos se habían planteado dejar la ciencia en algún momento. ¿Es de extrañar, dadas esas proporciones de frustración, que haya investigadores que decidan rendirse? Lamentablemente, Nature no dispone de datos específicos sobre España, por lo que desde Ciencia Con Futuro estamos realizando otra encuesta para obtenerlos. Veremos los resultados.

Y, como digo, a pesar de todo, en España somos muy productivos. Extremadamente, si medimos la productividad como resultados (artículo, tesis, libros, etc.) por euro dedicado. No conozco si existen estos datos, pero baste un ejemplo. En el año 2010 invité a un investigador canadiense a participar en un proyecto de investigación que yo lideraba. Cuando me envió su CV para incorporarlo a la solicitud me llamó la atención que teníamos carreras paralelas. No solo teníamos la misma edad, sino que habíamos terminado la universidad el mismo año, la tesis doctoral con un año de diferencia, los dos hicimos estancias postdoctorales de algo menos de dos años de duración y habíamos conseguido nuestras plazas indefinidas casi el mismo año. Las similitudes no terminaban ahí: también habíamos publicado un número muy similar de artículos y capítulos de libros. Pero había una diferencia entre ambos: mientras que él había gestionado aproximadamente dos millones de dólares en proyectos de investigación, yo solo había gestionado 30000 euros. Creo que no es necesario explicar nada más: mientras sigamos en la precariedad de recursos, a mí que no me hablen más de la cultura del esfuerzo y de los valores de la competitividad.

Javier Sánchez Perona (@Er_Pashi)

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Encuesta: los desafíos de la investigación española

El pasado día 4 de noviembre, la  revista Nature publicó los resultados de una demoledora encuesta realizada entre sus lectores sobre los desafíos de la investigación.

Lo más impresionante fue comprobar que casi el 66% de los investigadores que respondieron a la encuesta se habían planteado dejar la ciencia alguna vez y que un 15% lo había hecho. Pero además, la arrojaba otros datos estremecedores, pero que a los que trabajamos en I+D+i no nos resultan tan sorprendentes: más del 90% de los encuestados trabajaba más de 40 horas a la semana y casi un 40% trabajaba más de 60 horas.

En Ciencia Con Futuro pensamos que sería interesante  tener esos mismos datos de los trabajadores del sistema científico español. Nos pusimos en contacto con Nature, pero nos comunicaron que no tenían los datos desagregados por países, así que no nos podían dar esa información.

Por ese motivo, nos hemos decidido a publicar nuestra propia encuesta. Os pedimos que nos echéis una mano y que la difundáis entre todos los trabajadores del sistema español de I+D+i que conozcáis. Aunque está pensada solo para personal que trabaja en centros de I+D+i, también os pedimos que la difundáis entre periodistas y divulgadores, para que la den a conocer.

El plazo máximo para recoger las respuestas es el día 30 de noviembre.

La encuesta está en este enlace: https://goo.gl/forms/GbXeZkdVXHxFmyK63

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“Una aportación económica de manera puntual a un centro de investigación, no cambia absolutamente nada”

Reproducimos aquí el manifiesto que los compañeros y compañeras del CABIMER han preparado para concentración que ha tenido lugar esta mañana con motivo del X aniversario de la fundación de ese centro de investigación. Tienen todo nuestro apoyo.

Queremos reivindicar de forma pacífica lo que se nos está quitando sin consideración alguna y cada vez con menos disimulo: la ciencia y nuestro futuro.

Aclarar que todo esto es un simple gesto para que se sepa que una aportación económica de manera puntual a un centro de investigación, como en este caso el CABIMER, no cambia absolutamente en nada el panorama actual de nuestro ámbito científico.

Que ni a nosotros ni a otros compañeros nos basta ni nos es suficiente. Hay que crear planes de inversión en I+D para que esto se produzca con una continuidad destacable y significativa. No por aniversarios de ciencia, que más bien debería considerarse de supervivencia de la ciencia.

Que seguimos viviendo una situación de precariedad, obligando a muchos marcharse fuera de  España en busca de un futuro digno.

Que nada ha cambiado a mejor, sino a peor. Ya llevamos en torno a un 40% de recortes en I+D desde 2009, lo que supone una cifra de más de 600 millones de euros.

Queremos más planes de retorno de nuestros investigadores. Planes de becas constantes que propicien nuestra permanencia en el país tras finalizar los estudios. Ya que El 16% de los emigrantes españoles, son científicos.

Para  colmo, preparar a un doctor en ciencia le supone al estado español en torno 400 mil euros de inversión. Y en vez de quedarse en nuestro país, prácticamente se les regala a países del extranjero de los cuales muchos de ellos ni siquiera forman parte de la Unión Europea, ya que por lo que se ve ellos si apuestan por el talento más que reconocido de nuestros científicos.

Hay que hacer consciente a la sociedad de que la ciencia crea futuro, crea empleos de calidad, nuevas oportunidades, patentes y un largo etcétera,  lo cual nos supone a todos una situación de bienestar que, además,  nos pertenece por derecho, ya que nos estamos esforzando constantemente por ello.

Todos estos datos ni siquiera provienen del instituto nacional de estadística, ya que no se encarga de recabar esta información, todo esto lo sabemos gracias a compañeros, como por ejemplo, Julio Rodríguez, Doctor en química orgánica, que forma parte de la plataforma científica Marea Roja, a la cual le ha dado voz varias veces a través de emisoras de radio como Onda Cero.

Sin ciencia no hay futuro, es una verdad que jamás nos cansaremos de repetir.

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La ciencia necesita el apoyo social, la sociedad necesita científicos que pateen la calle.

Hoy estaba en un simposio en el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona, uno de los muy raros que son gratis (con comida y todo) gracias al patrocinio entre otros de la Obra Social “la Caixa”. Entre charla y charla he visto la noticia del traslado del festival Starmus a la localidad noruega de Trondheim porque los organizadores (ligados al Instituto Astrofísico de Canarias) no han conseguido apoyo de patrocinadores externos privados para el que debe ser el evento de divulgación científica más ambicioso del Estado. Las noticias en presa informan que los organizadores se reunieron con directivos de las cotizadas en el IBEX35 pero ninguna de ellas se interesó por una cita que reúne lo mejor de la investigación en astrofísica (un área investigadora en la que España es puntera), pero que no ha dejado de acumular pérdidas en las sucesivas ediciones.

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La noticia me ha recordado que el viernes pasado apenas 500 personas se manifestaron por el futuro de la Ciencia en España y se me han venido a la mente otras imágenes. ¿Han visto alguna vez grupos de adultos, incluso jubilados, haciendo visitas guiadas en los museos de arte (Prado, MNAC, etc)? Seguro que sí. Ahora piensen: ¿los han visto en museos de ciencias? Apuesto a que no. En nuestra sociedad los museos de ciencias son para niños, todo muy interactivo y en colores vivos. Apenas existen actividades para adultos (alguna aislada recuerdo en el MNCN) porque los adultos no se interesan por las ciencias, o no deben. Puestos al caso, comparen las cifras de visitas al Museo del Prado con las del Museo Nacional de Ciencias Naturales o las del Museo Nacional d’Art con las del “Museu Blau”. Ya se sabe que es muestra de incultura no tener unos mínimos conocimientos de arte (pintura, cine, literatura, series…) pero nadie se da por sorprendido al ver que un conocido comete fallos garrafales de cultura científica (“¡es que no hay quien entienda esas cosas!”).

Esta semana, el paletismo tribal patrio ha sacado a las portadas la burbuja mediática de que el Dr. Martínez Mojica podía (debía) obtener el premio Nobel (de fisiología o medicina o de química, daba igual) por la primera caracterización del sistema que los biólogos conocemos ahora por CRISPR (léase “crísper”). No importa que fuéramos nosotros los primeros en olvidarnos de él cuando se premió por dicha técnica, con el Princesa de Asturias, a las investigadoras (estadounidense y francesa) que ahora se disputan la millonaria patente internacional con otro investigador chino. Ninguna reflexión seria al hecho de que la herramienta más revolucionaria de la ingeniería genética pasase desapercibida en nuestro “sistema” de Ciencia y Tecnología después de ser descrita y publicada por uno de los mejores equipos de microbiología del país. ¡Qué luego digan que la ciencia básica no aporta valor!

Pero es que tampoco se han visto en la prensa española, ni mucho menos en nuestra pacata clase política, un gran debate sobre las repercusiones sociales y morales de una técnica cómo el CRISPR capaz de proveer curas eficaces de ciertas enfermedades pero también capaz de generar seres vivos (también humanos) “a la carta” cuyas características serían heredables. Nuestras leyes sobre manipulación genética están bien redactadas y siguen siendo válidas, pero el hecho de que una técnica novedosa no genere un mayor debate social es preocupante.

Son incontables los ejemplos que podemos ofrecer para plasmar el divorcio entre la ciencia y la sociedad. A día de hoy, prácticamente nadie, fuera del panorama científico, podría argumentar sólidamente como con inversión en I+D+i puede generarse valor añadido, empleo de calidad, y mucho más importante: conocimiento. Porque sí, invertir en ciencia es mucho más que hacerse ”accionista” de un proyecto que se diseña hoy para tener aplicaciones comerciales mañana por la tarde. Cuando a principios del siglo XX Einstein, Bohr o Heisenberg se preguntaban por qué se desviaba tanto de la idealidad (clásica) el comportamiento de ciertas partículas subatómicas, nadie en su sano juicio imaginaba que de sus aplicaciones dependería, en el siglo XXI, más del 30% de la Economía mundial (telefonía, internet, sistemas de detección, GPS, radar, códigos de barra, encriptación…). Tampoco cuando Santiago Ramón y Cajal desentrañaba la estructura y función de las recién descubiertas neuronas, se imaginaron que estas constituirían dianas terapéuticas para el tratamiento de tantísimas enfermedades. Los primeros que identificaron el metabolismo celular y bacteriano no imaginaron que serían la base para desentrañar el de todos los animales (incluido el nuestro) y que toda la farmacología y medicina modernas esté basado en ellos. Imaginemos que aplicabilidad podían tener, en los siglos XVI al XVIII, los avances matemáticos que son hoy los cimientos de todo lo anteriormente citado (física, química, biología, medicina, informática…). Las aplicaciones llegan siempre cuando no nos obsesionamos por la aplicabilidad inmediata y el rendimiento económico. Cualquier descubrimiento aplicado, llevado a cabo hoy, se ha cimentado sobre décadas (¡siglos!) de investigación básica. Se pretende hacer de la ciencia aplicada una suerte de ”escalera al éxito” cuando en realidad, solo se ha colaborado en poner el último escalón: todos los anteriores estaban ahí puestos cuando llegamos a investigar sobre este u otro tema.

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Por otro lado, la sociedad española reacciona ante los dilemas científicos con fervor religioso: ya creyendo a pies juntillas lo que dicen los consensos científicos sin darle más importancia (¡ellos sabrán, yo no entiendo de esas cosas!, cuando el pensamiento crítico debería invitarnos a dudar e investigar) o entregándose sin más crítica a miedos pueriles y a teorías pseudocientíficas conspiranoicas (nos están manipulando, nos envenenan, nos quieren enfermos). Casos cómo el del cambio climático, los organismos transgénicos o el potencial de generar cáncer del tabaco, la contaminación atmosférica o los embutidos son ejemplos claros.

Gran parte del problema es la separación que ha hecho la sociedad entre ciencias y letras, cuando en realidad son dos caras de una misma moneda e indispensables para la formación cultural completa de una persona. Ambas juntas nos permiten tener un pensamiento crítico fundamentado, indispensable en una sociedad actual y democrática como la que aspiramos a ser. La ciencia, no es tan compleja como algunos quieren creer (al menos no la fundamental, como en todos los campos del conocimiento) y su valor principal es el método seguido para adquirir ese conocimiento, basado en el análisis empírico y sistemático de la realidad y la constante puesta en cuestión de los resultados y las conclusiones obtenidas hasta su completa comprobación.

Está claro que mientras la sociedad española no valore, entienda y se interese por la ciencia como un aspecto más de la cultura (cómo el arte, el fútbol, Juego de Tronos etc.) no habrá futuro para los científicos en este país, pero tampoco para el país en general. En Ciencia Con Futuro (como otras muchas organizaciones) creemos que una sociedad acientífica es una sociedad débil, dependiente y frágil. Los científicos necesitamos el apoyo de la sociedad y no podemos permitirnos este divorcio. Es necesario hacer un llamamiento a la sociedad a acercarse a la ciencia, a exigirnos que se la expliquemos de manera clara y sencilla para que la abracen como propia. Cada vez se desarrollan en España más actividades para acercar ciencia y sociedad (Pint of Science, Pessics de Ciència, Naukas, etc.) pero aún no tienen el impacto necesario. Existen muchos programas divulgativos de calidad en medios, sobre todo en la radio (La Mecánica del Caracol, El Radioscopio, Principio de Incertidumbre, A Hombros de Gigantes, etc.) pero su audiencia es escasa y suelen estar relegados a las peores franjas horarias.

Hemos perdido Starmus, que sirva para lanzar una nueva era de la divulgación de la ciencia en todo el Estado, porque una sociedad sin ciencia es una sociedad bloqueada incapaz de adaptarse a los nuevos retos, al borde de la extinción. Los científicos necesitamos una sociedad que nos aprecie y la sociedad requiere unos científicos que bajen a la calle, la pateen explicando, educando, sorprendiendo y entusiasmando. Porque sí, porque cuando comprendes la ciencia comprendes el mundo y es sencillamente ESPECTACULAR.

Dr. Santi RELLO VARONA (@KropTor)

¿Qué quiere decir “democratizar” la Ciencia?

Gobernanza y transparencia en la gestión de Universidades públicas y Organismos Públicos de Investigación

De las muchas reformas que el Sistema Español de Ciencia y Tecnología necesita, la de la gobernanza puede que sea la que menos clara quede ante la ciudadanía. Los distintos programas políticos inciden en la necesidad de “democratizar” o “profesionalizar” la gobernanza de la Ciencia, pero los detalles se escapan (o se eluden a propósito) y surgen los malentendidos y los temores.

Para entender lo que está en juego hay que entender cómo se da la gobernanza de los centros investigadores en la actualidad. Por explicarlo brevemente nos referiremos a tres grandes grupos: universidades, grandes Organismos Públicos de Investigación (OPIs) estatales (CSIC, etc.) y los nuevos OPIs organizados generalmente como fundaciones (Centro Nacional de investigaciones Oncológics, CNIO, etc). Las universidades públicas españolas se organizan en función de lo determinado en la LOMLOU: los rectores son elegidos por sufragio universal ponderado por “colectivos” (Profesores en distintas castas, Estudiantes, Personal de Administración y Servicios) en un sistema similar al de la Sudáfrica del apartheid o al vigente en Líbano. Los rectores responden ante dos órganos: el Claustro (elegido igualmente por colectivos) y el Consejo Social (nombrado básicamente por las administraciones públicas, contando con representantes de patronal, sindicatos etc.).

El CSIC se rige por un sistema mucho más piramidal, es el gobierno central el que determina la identidad del presidente y de los principales órganos asesores. El presidente del CSIC no responde ante ningún órgano de representación interno, sino ante un Consejo Rector de composición básicamente política. Este sistema es parecido al que se da en los OPIs constituidos cómo fundaciones: el Patronato de la fundación tiene completa libertad para designar al equipo directivo, que sólo responde ante dichos patronos (igualmente de naturaleza más política que profesional).

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¿Cual es el resultado de ambos modelos de gobernanza? Pues bastante desolador, cómo cualquiera que esté interesado sabrá. Las universidades públicas son rehenes de cárteles corporativistas de profesores-funcionarios que aplican criterios subjetivos y personalísimos en la definición de la políticas institucionales dando lugar a una rampante endogamia en la asignación de recursos humanos y una sensación general de “taifas” a la hora de repartir los presupuestos. Las universidades se han vuelto entidades cerradas a la sociedad, poco flexibles y movidas por la inercia de su propia masa institucional. El modelo CSIC es el epítome del fracaso “tecnocrático”, con la gestión de Lora-Tamayo, la imposición piramidal de decisiones, mal explicadas y nada compartidas ha llevado a la institución al borde del colapso. Y bastante parecido es el balance de los OPIs-fundaciones, dentro de su evidente heterogeneidad, los pocos casos en los que la gestión ha mostrado una coherencia a través de la crisis parecen más la excepción que confirma la regla en un mar de breves equipos de gestión que cambian con el color del gobierno autónomo (a pesar de la supuesta independencia de las fundaciones) y algunos casos de “corralitos” en los que un grupo selecto y bien conectado controla la institución como si fuese “suya”. En estos casos es fundamental la composición del Patronato de dichas fundaciones-OPIs, generalmente copado por cargos intermedios de naturaleza política, con muy poca formación en la naturaleza de la investigación que realiza la institución que “patronean”. En muchas ocasiones se suceden los relevos en la dirección o se dan conflictos entre los gestores científicos y económicos, que actúan de forma independiente y descoordinada.

¿Qué hacer entre una “democracia” secuestrada por castas y unos “profesionales” convertidos en correas de trasmisión de órdenes sin proyecto propio? Desde Ciencia Con Futuro creemos que la clave es el fomento de la participación, la transparencia, el mérito y la honestidad. No propugnamos una democratización entendida como gobierno corporativo: tan malo es que los investigadores se autogobiernen y elijan sus catedráticos y directores como lo sería que los antidisturbios votasen a sus jefes o, como comentaba el Dr. Pedro Echenique el otro día “que el piloto de un avión lo fuese por votación de las azafatas”. Pero sí creemos que ninguna institución científica puede avanzar sin el consenso de sus investigadores, que deben estar informados y participar de las decisiones estratégicas de la dirección.

¿Y cómo seleccionar esa dirección? Pues si la designación “a dedo” y el voto “ponderado” llevan a graves disfunciones, creemos que hay que mirar a cómo se hace en otros países y en otros ámbitos. Desde hace unos años, las grandes instituciones culturales de nuestro país (Museo Reina Sofía, Teatro Real, MACBA etc.) seleccionan a sus gestores en base a un concurso internacional en los que los candidatos aportan su currículo y su proyecto estratégico para el tiempo de mandato (que queda más o menos blindado). No ha sido este el sistema tradicional de designación de esos cargos, y se ha ido consolidando en los últimos años con muchas resistencias de los políticos. La principal ventaja que tiene es que el cargo debe presentar a la sociedad, y a la comisión técnica/política que le elige, un programa plurianual de actuación: su visión para la institución a la que aspira dirigir. Existe un elevado consenso de que los directivos culturales seleccionados a través de estas “buenas prácticas” han mejorado notablemente la gestión y proyección de sus instituciones.

Un sistema parecido se emplea para seleccionar a los rectores y presidentes de institutos de investigación en varios de los países más avanzados de nuestro entorno: patronos profesionales y los distintos grupos de intereses afectados (trabajadores, estudiantes etc.) estudian las propuestas de  candidatos y sus proyectos. De esas consultas surge una propuesta de nombramiento por el órgano que en cada institución sea competente. Adaptar el código de buenas prácticas para nombramientos de la Secretaría de Estado de Cultura al Sistema Español de Ciencia y Tecnología podría suponer un importante y positivo revulsivo para nuestros centros de investigación y de educación superior.

Pero, esta apuesta por la profesionalización de la gobernanza ¿es una pérdida de la capacidad de participación de los científicos en la gestión? Rotundamente “NO”, o rotundamente “NO DEBERÍA”. Abogar por una profesionalización en la gestión no debe ser vista como una oportunidad para reducir la capacidad de los profesionales de los centros de participar de la vida de su centro, sino todo lo contrario, una oportunidad para reformar y potenciar esa participación. Organizar los concursos de una manera transparente, con la máxima participación de todos los colectivos interesados, permitiría seleccionar a los mejores candidatos con los mejores proyectos.

¿Cómo? Potenciando por un lado los Comités Científicos Internos (o los Claustros en universidades) como órganos colegiados que son informados y opinan activamente sobre las decisiones de estrategia científica de la institución (compras de equipos, reestructuración de  áreas, definición de prioridades) desde la base del proyecto de la dirección (que ya conocieron porque el CCI de un centro debe participar del proceso de selección). En estos órganos son los científicos establecidos de la institución los que llevan la voz cantante (en reconocimiento de su experiencia) pero deben estar abiertos a otros colectivos “de plantilla” igualmente experimentados (técnicos, administrativos etc.) y estar abiertos a la voz de la novedad que pueden aportar aquéllos que están iniciando su carrera. La actividad de de los órganos internos una vez elegida la dirección, debe basarse en el balance de poder y en la búsqueda de consensos: su función es complementar y ayudar, no torpedear pero tampoco debe quedar reducido a una mera comparsa.

Por otro lado se deben potenciar los Comités de Empresa (CE). ¡Es increíble la cantidad de centros que no cuentan con uno, o cuyo CE es casi inoperativo! Es una vieja historia la del desencuentro entre los científicos y la actividad sindical. En muchas universidades y OPIs los órganos académicos han usurpado funciones que le son propias al CE porque, en un sistema tan piramidal cómo el de la ciencia, muchos investigadores principales se niegan a aceptar un sistema en el que el voto de un predoctoral, un técnico de laboratorio o una secretaria cuenta tanto cómo el de un catedrático. Es papel de un CE el participar en la definición de las condiciones de trabajo (peligrosidad, acoso etc.), de la relación de puestos de trabajo y la carrera profesional (capital en evitar que una élite se haga endogámica) a través de los convenios colectivos y de la vigilancia continua. Seguir cómo hasta ahora, dónde los CE o no existen o se unifican, en el caso de las grandes agencias, para alejarlos del trabajo del día a día; dónde los órganos académicos se atribuyen potestades de definición de las relaciones laborales (sobre todo la relación de puestos de trabajo) es lo mismo que defender la ley de la selva. Y en estas materias no caben distinciones: todos los trabajadores del sector científico tienen los mismos derechos y la misma capacidad para decidir sobre sus relaciones laborales con su empresa (por muy pública que sea, sigue siendo la “empresa”).

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En una gobernanza sana, un Director seleccionado en base a un proyecto detallado con un mandato claro deberá contar con la complicidad de sus investigadores (a través del CCI/Claustro) para ir desarrollando su proyecto y con el CE para asegurar la paz social en la institución. El modelo establecido por la Unión Europea en su Estrategia de Recursos Humanos para la Investigación (HRS4R) exige el fortalecimiento de ambas formas de representación y participación.

Por último, en Ciencia Con Futuro siempre hemos defendido la necesidad de que los gestores de dinero público rindan cuentas de su gestión. En universidades y OPIs existen (o deberían existir) órganos destinados a esa labor que están claramente infrautilizados cuándo no ninguneados: los Consejos Sociales/Patronatos (CS/P, formados idealmente por especialistas representando a la sociedad o a los fundadores) y los Comités Científicos Externos (CCE, formados por investigadores de otras instituciones internacionales en el mismo área de conocimiento). Desgraciadamente, dichos órganos están copados por ex-políticos o “relaciones” de la partitocracia con muy poca formación y/o interés o incluso son renovados a discrecionalidad de la dirección política cuando se atreven a expresar opiniones contrarias a las oficiales. No son pocos los escándalos debidos a un Patronato poco profesional en el mundo de la investigación y en el de la cultura. Un nuevo modelo de gobernanza debe incluir frecuentes informes/comparecencias antes los órganos de control externo (CS/P y CCE) y ante los internos informando del grado de cumplimiento del programa, de los cambios que sean necesarios hacer, de los imprevistos encontrados. Y ante la necesidad de cambio de rumbo , las decisiones deben de ser de nuevo consensuadas: si una dirección no puede cumplir con su programa los cambios deben ser aprobados por los órganos internos y de control externos y finalmente validados por los representantes de la sociedad competentes. Y, evidentemente, toda la información debe ser organizada de forma entendible y publicada para que cualquiera (trabajadores, políticos, periodistas, curiosos etc.) pueda entender cómo se gasta el dinero público (y si se está gastando en lo que se comprometió).

En resumen, cómo lo hemos dicho otras veces, la crisis de la Ciencia española no es sólo un problema de financiación sino que afecta a toda la estructura del sistema. Una nueva forma de gobernanza, equivalente a la de las mejores instituciones internacionales no arreglará por si sola el problema pero, sin duda, puede contribuir a que no se siga deteriorando. Por “democratizar” no entendemos que los centros deban ser entidades presas del voto corporativo sus funcionarios y trabajadores, los OPIs se financian con dinero público y su gestión afecta a toda la sociedad (no sólo a sus trabajadores), pero tampoco es de recibo prescindir de la capacidad de estudio y análisis de un personal altamente formado. La combinación de directivos elegidos por concurso público internacional (en base a claros proyectos de desarrollo estratégico acotados a tiempos de mandato definidos), rendición de cuentas interna y externa (basada en indicadores concretos y verificables) y un marco laboral estable (basado en la estrategia HRS4R e implementado en colaboración con los Comités de Empresa) contribuiría decisivamente a tener un Sistema de Ciencia y Tecnología con un impacto claro en el progreso social.

Comunicado de la Marea Roja – Manifestación “La Noche de los Investigadores/as”

Se festeja en Europa la “Noche de los investigadores”, y en España el sector científico se levanta, por tercera vez, en forma de Marea Roja de la Ciencia.

Fotografías de la manifestación por la ciencia en Madrid, 27S 2013

Fotografía de la manifestación por la ciencia en Madrid, 27S 2013. Crédito: Marcos del Mazo.

En efecto, lejos de mejorar, la situación del sector científico sigue siendo lamentablemente precaria. Nos levantamos colectivamente, ya que la actividad científica es una labor necesariamente colectiva y colaborativa: los investigadores, aislados, tendrían poco que hacer. Esta celebración, por tanto, ha de incluir al personal de gestión y de apoyo técnico, a las contratas de seguridad y de limpieza, al personal en formación y contratado, sea pre- o postdoctoral, y a los estudiantes universitarios. Sin embargo, la pregunta es: ¿hay algo que celebrar?

La respuesta, por desgracia, es negativa. Las principales reivindicaciones del sector, reiteradas durante años, no se han atendido, convirtiendo en crónicos algunos de los problemas. La penuria de la época de crisis gestionada a base de recortes se mantiene: hay que recordar que desde 2009 España ha reducido la inversión en I+D+i desde el 1,45% del PIB hasta el 1,25% mientras que la media Europea ha ascendido hasta situarse en torno al 2%. Incluso las reorganizaciones o cambios sin coste que se demandaban, tampoco han llegado.

La ciencia y la investigación constituyen una oportunidad de avanzar a un futuro más justo y sostenible. Para ello, necesitamos que los sucesivos gobiernos incluyan la rueda de la ciencia en el carro de la cultura española. Esta transformación del modelo de país, que como se ha comprobado durante los últimos años, es tan necesaria, no se ha producido hasta el momento, y ni siquiera se perciben indicios de dicho cambio.

No solamente desde el punto de vista de la cultura es importante la ciencia, también desde el punto de vista del empleo. Con la actual situación de paro y precariedad, una salida justa de la crisis, generando empleo de calidad y sostenible, sólo es posible si apostamos decididamente por la ciencia y la investigación. No podemos seguir permitiendo que nuestros jóvenes se vean obligados a emigrar debido a la falta de empleo de calidad. No podemos permitirnos un país en el que sólo se trabaje en navidades y en verano.

¿Qué requerimos, una vez más, de nuestros gestores o responsables políticos? ¿Qué requerimos, ya que estamos en democracia, de nuestros conciudadanos?

  • El sector científico reclama un modelo radicado claramente y primariamente en la generación de conocimiento. Sobre esta base se ha de construir una sociedad más desarrollada y más sostenible, una ciudadanía más formada, más crítica y, por tanto, más libre.
  • Reclamamos carreras científicas claramente definidas, estables y dignas para todo el sector: personal en formación, de apoyo, administración, ayudantes, técnicos, titulados, gestores e investigadores. Esto incluye, prioritariamente, la conciliación de la vida laboral y familiar. El carácter vocacional de la ciencia no debe diferenciarnos del resto de profesiones en ese aspecto.
  • Pedimos el reconocimiento al desempeño y el esfuerzo del personal del sector científico. Admitimos la importancia de la fiscalización y evaluación de nuestro trabajo, pero a la vez pedimos que se nos reconozcan el esfuerzo y la dedicación, facilitando incentivos y promociones adecuadas. Por otro lado, reclamamos carreras científicas no dirigidas al liderazgo de grupos de investigación: es insostenible que todos los contratados postdoctorales tengan que competir por plazas de jefes de grupo como única opción para poder consolidar su puesto de trabajo.
  • Financiación pública de la investigación independiente de los devenires políticos, en la que se contemplen convocatorias competitivas regulares para la mejor planificación de la investigación. Esta financiación ha de ser suficiente, adecuada y en consonancia con los objetivos propuestos.
  • Eliminación de la cofinanciación de proyectos de investigación y de contratos de personal científico y de apoyo, que ahoga a los pequeños/medianos grupos y/o centros. Los programas de financiación deben incluir los fondos necesarios para cubrir los gastos reales.
  • Separación clara de los fondos para investigación pública y privada, así como para la investigación “civil” y la militar. Las cifras no deben maquillarse con fondos supuestamente puestos a disposición de entidades que no hacen uso de los mismos.
  • Esperamos que en futuras “celebraciones” podamos haber tachado alguno de los puntos de estas reivindicaciones básicas, lo que no ha sido el caso en los últimos años. Es necesario que nos movilicemos por hacer ver que

SIN CIENCIA NO HAY FUTURO

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