Evaluar la calidad de la supervisión en ciencia para darle el valor que merece

Una de las tareas más gratificantes en el mundo de la ciencia debería ser la mentorización y supervisión de estudiantes e investigadores al principio de su carrera. Un paso más allá de la docencia, supervisar estudiantes requiere una interacción más cercana y personal, un traspaso no sólo de conocimiento puro y duro sino también de aptitudes complementarias y actitudes frente a los retos del trabajo de investigación. De hecho, en una relación estudiante-supervisor sana, ambas partes de la ecuación se encuentran en desarrollo, en aprendizaje. Formar capital humano es una de las tareas más importantes en términos de impacto a largo plazo, del mismo orden de importancia que la investigación en sí misma o la publicación de sus resultados. Pero también es crucial para la persona en formación, ¿quién no ha tenido un supervisor que le haya dejado huella? Aunque la huella de un supervisor debería ser una inspiración para continuar con la carrera científica, a menudo la supervisión deja más bien una profunda cicatriz… no es infrecuente encontrar investigadores que continúan en ciencia a pesar de sus supervisores, y no gracias a ellos.

La supervisión no se evalúa

Mientras hay toda una serie de métricas, más o menos desacertadas, que permiten evaluar la actividad investigadora, no ocurre lo mismo con la supervisión, que se mide “al peso”. En muchos casos esto devalúa la calidad de la supervisión: ya que lo que puntúa en el currículum del investigador es el número de estudiantes supervisados, el objetivo pasa a ser captar a todos los que se pueda, aunque luego no se les pueda dedicar el tiempo que precisan. Los estudiantes pasan además a ser a menudo mano de obra ya no barata (en el caso de los investigadores predoctorales), sino gratuita (para estudiantes de máster y grado) y con un elevado grado de dependencia del supervisor. De hecho, el supervisor además de dirigir la línea de investigación constituye a menudo la única ventana del estudiante al mundo académico/científico, se le requiere validar el trabajo final mediante su firma, y en ocasiones incluso la financiación del estudiante depende de él. Esta dependencia absoluta, máxime al principio de la carrera, puede generar una total indefensión ante una mala praxis (por ejemplo, aceptar que los trabajos desarrollados para una tesina se publiquen por otros miembros del grupo sin siquiera participar de su co-autoría). Prolongada en el tiempo, la mala supervisión deriva en abusos y en el desarrollo de una relación clientelar que se puede extender durante “generaciones”.

¿Es buen investigador sinónimo de buen supervisor?

Pues no. Habrá quien piense que habiendo llegado a ser investigador, su experiencia le avala para supervisar estudiantes y ayudarles a recorrer “el camino”. El problema de este planteamiento es que no hay un único camino, los caminos de la ciencia son diversos y en ello radica parte de su riqueza. Igual que una golondrina no hace un verano, es difícil llegar a ser un buen supervisor si sólo contamos con nuestra propia experiencia. Es común, además, que las personas que han prosperado en la carrera científica sufran el llamado sesgo del superviviente: sólo fijándose en las características que les han ayudado a prosperar en su carrera científica, pueden no ser conscientes de toda una serie de factores que podrían haberla hecho fracasar. ¿Cómo ayudar entonces a prosperar a estudiantes de distintos lugares, con condiciones socio-culturales y socio-económicas diferentes y con distintas ambiciones? Aunque practicar la empatía siempre ayuda, no se puede dejar un tema tan crucial a merced del carácter y aptitudes sociales de cada uno, que las instituciones condicionen la posibilidad de supervisar a la realización de cursos para una supervisión/mentorización efectiva parece la solución más obvia. Sorprendentemente, estos cursos, de asistencia voluntaria, son excepcionalmente raros en las instituciones de nuestro país.

La mala supervisión se perpetúa

Dicen que el “esto siempre se ha hecho así” es el mayor enemigo de la ciencia, y por ende, también de las carreras científicas. ¿Que levante la mano el que no haya oído alguna vez que “no se puede investigar en 40 horas a la semana” (http://cienciaconfuturo.com/2021/03/29/el-peligro-de-llamar-hobby-a-tu-trabajo/)! Y es que sigue habiendo supervisores que creen que la carrera científica se persigue a base de sobretrabajo, que los investigadores jóvenes que no prioricen su carrera ante todo lo demás no “merecen” continuar en ciencia porque no están lo suficientemente motivados, y que para prosperar hay que “hacer callo”. Son los herederos del “esto siempre se ha hecho así”, científicas y científicos que sufrieron supervisores abusivos y perpetúan el abuso como estrategia de supervisión. Estos casos, que son relativamente frecuentes, se mueven en la delgada línea que separa la mala praxis del acoso, normalmente con nulas consecuencias para el supervisor y consecuencias desastrosas para el supervisado. Los acuerdos de supervisión, como un documento firmado por supervisor y supervisado en el que se listan los compromisos y obligaciones que adquiere cada uno, parecen uno de las herramientas más efectivas para luchar contra esta lacra. Idealmente, este documento debería ser obligatorio y evaluable , pero mientras sean voluntarios, recela del supervisor/supervisado no quiera completar uno y firmarlo. Además, las instituciones deberían establecer canales para que los estudiantes pudieran quejarse de su supervisor de forma anónima y facilidades para poder cambiar de tema/departamento llegado el caso. Además, los supervisores también deberían tener que rendir cuentas, y para ello es necesario que la supervisión también se evalúe a través de estructuras independientes contando con la opinión de supervisados y compañeros.

La tasa de abandono

La tasa de abandono es un métrico indirecto que dice mucho sobre la calidad de la supervisión. Aunque los datos son escasos, el Informe de Datos y Cifras del Sistema Universitario Español habla de un 18.6% de estudiantes que abandonan sus estudios de máster antes de graduarse, la mitad de los cuales lo hace en el segundo año (Ministerio de Universidades, 2020). En el caso de los investigadores predoctorales la tasa de abandono, sorprendentemente, no aparece en el informe del Ministerio de Universidades. Un estudio de 2016 (precisamente, una tesina de máster) apunta a cifras mucho mayores, cerca del 40% de los investigadores con contratos predoctorales y hasta el 80% del total de investigadores matriculados en estudios de doctorado. A nivel global, se estima que la tasa de abandono de los estudios de doctorado ronda el 50%, y aunque el abandono puede responder a múltiples factores, los problemas con los supervisores parecen ser una de sus principales causas. De hecho, incluso entre los “supervivientes” la supervisión deficiente es una de las principales preocupaciones; y más del 10% identificó patrones de acoso laboral en su supervisor. Una relación tortuosa con el supervisor es, de hecho, una de las principales causas del deterioro de la salud mental durante el doctorado. En ningún lado queda registrado cuántos empezaron su proyecto de doctorado y no lo terminaron por falta de apoyo, o cuántos después de acabarlo decidieron dejar la ciencia para siempre.

Los buenos supervisores 

Para los buenos supervisores, los que se preocupan por sus estudiantes y les dedican tiempo suficiente, esta actividad está escasamente reconocida. Mientras las promociones de los investigadores se decidan en base a criterios como el número de sus publicaciones, su factor de impacto o su número de citas, no sólo estaremos dependiendo de métricas que son poco fiables e incluso imprecisas, sino que estaremos perpetuando y los sesgos de género, raza, etc que tan bien estudiados están en las métricas bibliográficas. Es necesario ampliar el foco, y que las evaluaciones de competitividad del personal investigador incluya también la cantidad y calidad de la supervisión que llevan a cabo, pero también otros aspectos, como su capacidad para establecer y mantener colaboraciones, su compromiso con la divulgación científica, etc porque aunque para un buen supervisor ver a su estudiante prosperar y volar solo sea suficiente aliciente, solamente valorando adecuadamente la supervisión en la carrera científica estaremos dándole la importancia que merece.

Evaluar la calidad de la supervisión en ciencia para darle el valor que merece

Desde Ciencia Con Futuro creemos que ahora, cuando se debaten reformas en las leyes que regulan la actividad científica en nuestro país, es cuando se debe afrontar el cambio en las formas de evaluar el mérito, arbitrando sistemas que hagan que la formación de recursos humanos no sea una casilla que rellenar (cuantas más veces más). Nuestro país no puede seguir en un modelo de precarización, de cantidad frente a calidad, si queremos competir en un mundo cada vez más dependiente del conocimiento de vanguardia.

Créditos de la imagen: Pixabay

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