La ciencia necesita el apoyo social, la sociedad necesita científicos que pateen la calle.

Hoy estaba en un simposio en el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona, uno de los muy raros que son gratis (con comida y todo) gracias al patrocinio entre otros de la Obra Social “la Caixa”. Entre charla y charla he visto la noticia del traslado del festival Starmus a la localidad noruega de Trondheim porque los organizadores (ligados al Instituto Astrofísico de Canarias) no han conseguido apoyo de patrocinadores externos privados para el que debe ser el evento de divulgación científica más ambicioso del Estado. Las noticias en presa informan que los organizadores se reunieron con directivos de las cotizadas en el IBEX35 pero ninguna de ellas se interesó por una cita que reúne lo mejor de la investigación en astrofísica (un área investigadora en la que España es puntera), pero que no ha dejado de acumular pérdidas en las sucesivas ediciones.

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La noticia me ha recordado que el viernes pasado apenas 500 personas se manifestaron por el futuro de la Ciencia en España y se me han venido a la mente otras imágenes. ¿Han visto alguna vez grupos de adultos, incluso jubilados, haciendo visitas guiadas en los museos de arte (Prado, MNAC, etc)? Seguro que sí. Ahora piensen: ¿los han visto en museos de ciencias? Apuesto a que no. En nuestra sociedad los museos de ciencias son para niños, todo muy interactivo y en colores vivos. Apenas existen actividades para adultos (alguna aislada recuerdo en el MNCN) porque los adultos no se interesan por las ciencias, o no deben. Puestos al caso, comparen las cifras de visitas al Museo del Prado con las del Museo Nacional de Ciencias Naturales o las del Museo Nacional d’Art con las del “Museu Blau”. Ya se sabe que es muestra de incultura no tener unos mínimos conocimientos de arte (pintura, cine, literatura, series…) pero nadie se da por sorprendido al ver que un conocido comete fallos garrafales de cultura científica (“¡es que no hay quien entienda esas cosas!”).

Esta semana, el paletismo tribal patrio ha sacado a las portadas la burbuja mediática de que el Dr. Martínez Mojica podía (debía) obtener el premio Nobel (de fisiología o medicina o de química, daba igual) por la primera caracterización del sistema que los biólogos conocemos ahora por CRISPR (léase “crísper”). No importa que fuéramos nosotros los primeros en olvidarnos de él cuando se premió por dicha técnica, con el Princesa de Asturias, a las investigadoras (estadounidense y francesa) que ahora se disputan la millonaria patente internacional con otro investigador chino. Ninguna reflexión seria al hecho de que la herramienta más revolucionaria de la ingeniería genética pasase desapercibida en nuestro “sistema” de Ciencia y Tecnología después de ser descrita y publicada por uno de los mejores equipos de microbiología del país. ¡Qué luego digan que la ciencia básica no aporta valor!

Pero es que tampoco se han visto en la prensa española, ni mucho menos en nuestra pacata clase política, un gran debate sobre las repercusiones sociales y morales de una técnica cómo el CRISPR capaz de proveer curas eficaces de ciertas enfermedades pero también capaz de generar seres vivos (también humanos) “a la carta” cuyas características serían heredables. Nuestras leyes sobre manipulación genética están bien redactadas y siguen siendo válidas, pero el hecho de que una técnica novedosa no genere un mayor debate social es preocupante.

Son incontables los ejemplos que podemos ofrecer para plasmar el divorcio entre la ciencia y la sociedad. A día de hoy, prácticamente nadie, fuera del panorama científico, podría argumentar sólidamente como con inversión en I+D+i puede generarse valor añadido, empleo de calidad, y mucho más importante: conocimiento. Porque sí, invertir en ciencia es mucho más que hacerse ”accionista” de un proyecto que se diseña hoy para tener aplicaciones comerciales mañana por la tarde. Cuando a principios del siglo XX Einstein, Bohr o Heisenberg se preguntaban por qué se desviaba tanto de la idealidad (clásica) el comportamiento de ciertas partículas subatómicas, nadie en su sano juicio imaginaba que de sus aplicaciones dependería, en el siglo XXI, más del 30% de la Economía mundial (telefonía, internet, sistemas de detección, GPS, radar, códigos de barra, encriptación…). Tampoco cuando Santiago Ramón y Cajal desentrañaba la estructura y función de las recién descubiertas neuronas, se imaginaron que estas constituirían dianas terapéuticas para el tratamiento de tantísimas enfermedades. Los primeros que identificaron el metabolismo celular y bacteriano no imaginaron que serían la base para desentrañar el de todos los animales (incluido el nuestro) y que toda la farmacología y medicina modernas esté basado en ellos. Imaginemos que aplicabilidad podían tener, en los siglos XVI al XVIII, los avances matemáticos que son hoy los cimientos de todo lo anteriormente citado (física, química, biología, medicina, informática…). Las aplicaciones llegan siempre cuando no nos obsesionamos por la aplicabilidad inmediata y el rendimiento económico. Cualquier descubrimiento aplicado, llevado a cabo hoy, se ha cimentado sobre décadas (¡siglos!) de investigación básica. Se pretende hacer de la ciencia aplicada una suerte de ”escalera al éxito” cuando en realidad, solo se ha colaborado en poner el último escalón: todos los anteriores estaban ahí puestos cuando llegamos a investigar sobre este u otro tema.

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Por otro lado, la sociedad española reacciona ante los dilemas científicos con fervor religioso: ya creyendo a pies juntillas lo que dicen los consensos científicos sin darle más importancia (¡ellos sabrán, yo no entiendo de esas cosas!, cuando el pensamiento crítico debería invitarnos a dudar e investigar) o entregándose sin más crítica a miedos pueriles y a teorías pseudocientíficas conspiranoicas (nos están manipulando, nos envenenan, nos quieren enfermos). Casos cómo el del cambio climático, los organismos transgénicos o el potencial de generar cáncer del tabaco, la contaminación atmosférica o los embutidos son ejemplos claros.

Gran parte del problema es la separación que ha hecho la sociedad entre ciencias y letras, cuando en realidad son dos caras de una misma moneda e indispensables para la formación cultural completa de una persona. Ambas juntas nos permiten tener un pensamiento crítico fundamentado, indispensable en una sociedad actual y democrática como la que aspiramos a ser. La ciencia, no es tan compleja como algunos quieren creer (al menos no la fundamental, como en todos los campos del conocimiento) y su valor principal es el método seguido para adquirir ese conocimiento, basado en el análisis empírico y sistemático de la realidad y la constante puesta en cuestión de los resultados y las conclusiones obtenidas hasta su completa comprobación.

Está claro que mientras la sociedad española no valore, entienda y se interese por la ciencia como un aspecto más de la cultura (cómo el arte, el fútbol, Juego de Tronos etc.) no habrá futuro para los científicos en este país, pero tampoco para el país en general. En Ciencia Con Futuro (como otras muchas organizaciones) creemos que una sociedad acientífica es una sociedad débil, dependiente y frágil. Los científicos necesitamos el apoyo de la sociedad y no podemos permitirnos este divorcio. Es necesario hacer un llamamiento a la sociedad a acercarse a la ciencia, a exigirnos que se la expliquemos de manera clara y sencilla para que la abracen como propia. Cada vez se desarrollan en España más actividades para acercar ciencia y sociedad (Pint of Science, Pessics de Ciència, Naukas, etc.) pero aún no tienen el impacto necesario. Existen muchos programas divulgativos de calidad en medios, sobre todo en la radio (La Mecánica del Caracol, El Radioscopio, Principio de Incertidumbre, A Hombros de Gigantes, etc.) pero su audiencia es escasa y suelen estar relegados a las peores franjas horarias.

Hemos perdido Starmus, que sirva para lanzar una nueva era de la divulgación de la ciencia en todo el Estado, porque una sociedad sin ciencia es una sociedad bloqueada incapaz de adaptarse a los nuevos retos, al borde de la extinción. Los científicos necesitamos una sociedad que nos aprecie y la sociedad requiere unos científicos que bajen a la calle, la pateen explicando, educando, sorprendiendo y entusiasmando. Porque sí, porque cuando comprendes la ciencia comprendes el mundo y es sencillamente ESPECTACULAR.

Dr. Santi RELLO VARONA (@KropTor)

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  1. Castello01

    Como ciudadano recojo el guante. A pesar de estar de acuerdo en el conjunto de esta entrada, discrepo en algunas reflexiones. Es verdad que siempre se ha diferenciado entre ciencias y letras de una forma indiscriminada, pero realmente tiene notables diferencias. Mientras que el arte enriquece la mirada y el alma desde un punto de vista onírico, visceral o emocional, en cambio la ciencia define el entorno que nos rodea desde un punto de vista racional y empírico. Ambas ramas tienen un nexo en común: la mirada crítica hacia lo que nos rodea o nos sucede como sujeto. Mi formación académica siempre ha estado orientada a las ciencias y profesionalmente vivo de ello. Pero, últimamente he completado con el arte (antes pisaba muy pocos museos porque no entendía las obras, me parecían aburridas) una parte incompleta o insatisfecha de mi ser. Se necesitan mutuamente, pero son diferentes; tienen el mismo tronco pero diferentes ramas. Si hablas con un director de cine o artista español también se quejan de las oportunidades o reconocimientos en este país, son las mismas reivindicaciones. ¿Por qué se valora más a los artistas o científicos en otros países aún viviendo bajo la misma estructura social? en mi humilde opinión por la educación, profesores desmotivados (he encontrado un montón), algunos mediocres y otros que van a cumplir el trámite. Ciencia y letras deben ir de la mano, la ciencia se puede ayudar del arte para llegar al ciudadano, mientras que el arte se puede ayudar de la ciencia para ayudar a comprender el mundo. Por tanto, creo que el primer mensaje de unión entre ambas disciplinas debe venir desde dentro (comunidad científica y artistas) porque lo que nos llega a los ciudadanos, junto a nuestra equivocada educación, es que la ciencia y letras son diferentes. Además de esta unión se podrían obtener mejores reivindicaciones. Saludos.

  2. zurdorium

    Las autoridades se motivarán si la sociedad les exige preocuparse por la ciencia, desde luego. Pero no nos engañemos, tiene que ser recíproco. Si los grandes medios de comunicación y los “creadores de opinión” solo se fijan en como la edición genética pueda curar el cáncer, la investigación básica nunca va a tener futuro en este país. Hace falta una responsabilidad de las autoridades políticas en la gestión del I+D, desde un punto de vista integral y a largo plazo. Cuidado con crear modas.

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